En unos días se cumplen cuatro meses de aquel domingo donde sucedió lo que ya desde algún tiempo venía intuyendo. A pesar de que no me tomó por sorpresa lo que me estaban comunicando tengo que decir que el golpe fue muy duro. Fueron días y semanas de tormentas eternas, de pensamientos repetidos, de muchas lágrimas y poco apetito. Sobrevivir se convirtió en la única opción así que busqué refugio en las letras que siempre me salvan, en priorizar mi descanso, en mi silencio y en conversar con personas que quiero. La verdad es que este proceso ha sido bien extraño pero poco a poco y cada semana creo que me sigo fortaleciendo. He estado pensando demasiado y si tuviera que describirlo con una sola palabra, diría que ha sido una constante dualidad.
Desde hace mucho tiempo llevaba cargando un equipaje tan y tan pesado sobre mis hombros, viejas heridas, patrones, miedos, la sensación de invisibilidad y de no ser suficiente. Creo que en algún punto me agoté sin tan siquiera haberlo planificado. De hecho, mi cuerpo fue el primero que se rindió, se quedó preso en un estado de alerta y cada día sentía que no podía sostenerme. Pasaron muchos años donde lo que hacía era sobrevivir en vez de vivir. La rutina era lo único que me mantenía conectada a la realidad, el resto del tiempo estaba atrapada en mi mente. Con el tiempo y mucha terapia comprendí que esta respuesta fisiológica era sólo un reflejo de lo que pasaba en mi interior. No me sentía en paz conmigo misma ni en mi relación.
Desde que dejé de trabajar y ganarme mi dinero en el 2018, entendía (por alguna razón que aún tengo que explorar) que tenía que renunciar a ciertas cosas. Estaba convencida de que mi deber era estar disponible en todo momento para cuidar y atender las necesidades de mis hijas, mi pareja y las cuatro mascotas. Además de eso coordinar, hacer de enfermera, chofer, estar pendiente a las cosas académicas y asistir a las reuniones, enviar pagos, hacer compra, cocinar a veces, asegurarme de que comieran, hacer tareas domésticas, coordinar citas médicas, comprar materiales, ayudarles en sus tareas, asistir a los eventos deportivos de la mayor, entre otras tantas cosas que si sigo no termino. Por supuesto que no guardaba un espacio de tiempo sagrado para dedicarme a mi. Me sentía agotada y drenada. Simplemente lo acepté con la mentalidad de que era nada más que una etapa complicada de nuestras vidas.
Por otra parte, la persona que amo y con la que compartí mi vida por dieciséis años y formé una familia no me hacía sentir segura, considerada ni respetada. Suena feo, sí, pero es mi realidad. Tampoco me sentía acompañada y llegué a creer que mi mera existencia le irritaba. Estos sentimientos de soledad en la relación, en conjunción con mi falta de amor propio, desencadenaron mi trastorno de ansiedad y depresión. Mi psicóloga me decía que sacara tiempo para mi, para hacer cosas que me dieran placer y no perderme en el rol de mamá. A mi no me quedaban fuerzas para mucho y menos para mirar hacia adentro. Me fui haciendo más pequeña, dejé de expresarme sobre lo que me causaba dolor o descontento, dejé de hacer planes, dejé de crear, de creer y me apagué.
Nunca pensé que las cosas sucedieran de la forma en que ocurrieron y lo que pensé en ese momento fue hay alguien más y se me hizo tarde. Todo el trabajo que estuve haciendo en los últimos años para salir de mi oscuridad y regresar a mi balance no había servido de nada pues él dejó de amar la mujer en la que me había convertido. Fue durísimo aceptar que no me eligieron pero más duro fue entender que la que no se eligió primero fui yo.
Ahora que estoy sola y a pesar de sentirme rota tengo el privilegio de experimentar por primera vez en mucho tiempo la sensación de paz. Este sentimiento era una novedad tras tantos años de ansiedad, ataques de pánico y noches de desvelo. En gran parte llegó porque mis cargas se alivianaron, las máscaras se cayeron y me di la oportunidad de sentirlo todo sin la necesidad de llenar ese vacío con otra persona. En un pasado, tristemente, es lo que habría hecho. Esta vez no… estoy en modo de expansión en todos los sentidos y embarcada en el viaje de regreso a mi.
Reconozco que este proceso es y será uno cargado de dualidad pues puedo extrañar y soltar. Puedo llorar por lo que no será y sonreír por las bendiciones que tengo. Puedo necesitar espacio y distancia mientras desearía volver a sentir el calor de su cuerpo y los besos de su boca. Puedo doler mucho y seguir adelante porque dejarme caer no es una opción. Puedo extrañar la idea de una familia tradicional y reconocer que mis hijas y yo estamos bien aunque el no esté en la casa. Habrán días hermosos que también acabarán en tormentas de lágrimas.
Confío, aunque le tema al futuro y a lo incierto de este proceso. Cada día que pasa aprendo más de mi y me sorprendo de la fortaleza que tengo aún en los momentos más difíciles. Cada paso que doy, alejándome del caos, me acerca a la promesa de mi propia plenitud…mi niña interior se lo merece.

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