Escribir para sanar

Día 1

En un esfuerzo por regresar a mi, decidí comenzar a escribir algo todos los días. Ha pasado tanto tiempo que mis dedos se sienten entumecidos. Aquí en mi cabeza hay un tornado de ideas que necesito canalizar, que están ahí volando en espirales violentos sacudiendo los escombros.

El poder de la palabra es inmensurable. Para mi, es una muleta en esos momentos donde estar en pie cuesta demasiado. Es una válvula de escape, de esas que liberan presiones que queman. Es como la tenue llama de una vela que va despertando la claridad. Es la mejor medicina para cuando duele el alma. Es caricia y a veces bofetada pero sobre todo, la palabra es eternidad.

Redundante*

“vivir es aprender a caminar en línea recta, vencer la fuerza centrípeta del miedo que acelera todo hacia su centro para hacerlo redundante…”

sigo aquí
sentada frente a mi computadora
escribiendo versos repetidos
de pensamientos redundantes
consultando las mismas preguntas
buscando entre los escombros de mi mente
la última vez que pude sentirme orgullosa
de algo que haya hecho
siendo personaje en la vida de todos menos de la mía
deseando encontrar fuerzas para salirme de esta caja/cárcel
impuesta por mis propios miedos
que han tomado las riendas de mi vida hasta frenarla

sigo lamentándome por los errores 
por el ocio
por las mil y una cosas que iba a hacer en este tiempo
por seguir caminando en círculos
y torturarme por cosas que no puedo cambiar
sigo siendo un puñado de cobardía
disfrazado con piel y esencia de mujer
sigo batallando con los pensamientos repetidos
y con las obsesiones 
mirando hacia adentro  
sanando despacio 
cada vez que tropiezo

sigo aquí 
sentada frente a la computadora
con la misma interrogante de hace no se cuantas primaveras:
¿de dónde saco las fuerzas para andar en línea recta?

*Escrito en el 2007 y editado en mayo 2022

Comienzos

Escrito en enero 2022 y revisado muchas veces

No me gusta hablar de resoluciones de año nuevo, tampoco me gusta seguir el “trend” de subir las fotos más bellas que resumen lo vivido con una música de fondo. Desde hace un tiempo no me gusta compartir demasiado en las redes sociales porque siempre he pensado que lo más valioso de los momentos es vivirlos al máximo, estar presente. Mirando los recuentos de otras personas reflexiono… todas las fotos se ven tan perfectas que de momento se me olvida que nadie tiene una vida perfecta. Entonces se le meten a uno mierdas en la cabeza, reaparecen los fantasmas, los traumas que por ratos dejamos a un lado pero que en realidad no han sanado. Uno siente que su vida carece de “momentos Kodak”, que mientras otros están comiéndose el mundo uno está en un hueco oscuro donde no se vislumbra una salida.

Este año me han dado duro las festividades navideñas. Siempre en ellas hay algo de nostalgia. Siempre nos hacen repasar los momentos difíciles del año y recordar aquellas personas amadas que se fueron del plano terrenal. Nos hacen revisarnos por dentro, lamentarnos por las cosas que no hicimos y proponernos nuevas metas. Con ilusión miramos el espectáculo de fuegos artificiales esperando que se vaya lo malo y que lo próximo que venga sea maravilloso. Este año en particular siento que la navidad ha sido un poco más fuerte de lo habitual. Este año completo ha sido fuerte por muchas razones. Aparte de seguir en pandemia, hubo cambios, pérdidas inesperadas, dolor, momentos difíciles, lágrimas, mucho trabajo interno y mucho aprendizaje. Siempre recuerdo aquel profesor de ciencias políticas que nos decía “el aprendizaje es un proceso doloroso”. En aquellos tiempos, universitaria al fin, no entendía el significado de esta frase pero a medida que van pasando los años me doy cuenta que no hay nada más cierto que esto.

Comenzando el 2021 recibí un golpe muy fuerte que todavía estoy trabajando. Hace un año, un 5 de enero temprano en la noche, estaba en casa con la bebé esperando que llegara mi pareja para tener una conversación que teníamos pendiente. Mi niña mayor no estaba en la casa pues se había ido con su abuela. No recuerdo las palabras exactas pero recuerdo todo lo que sentí al escuchar la propuesta de nuestra separación. Escribir esto duele. Recordar ese momento duele. No sabía qué hacer. Sentí un dolor muy profundo entre la sorpresa y la desesperación. Le pregunté que de dónde venía esto, que si había una tercera persona, que por qué había decidido rendirse sin haberme dicho lo que venía sintiendo y trabajar en la relación. Me salí de la conversación porque entonces lo que sentía era rabia. Me encerré, lloré bajo el agua de la ducha, sentía que el mundo se me iba al piso. Pensé en mis hijas, me sentí perdida, me imaginé haciendo maletas y buscando un lugar donde vivir porque no podía imaginar el resto de mis días en una casa llena de una década de recuerdos.

Así empezó el 2021 para mí. Entonces las próximas horas no podía dejar de pensar. Mi nena mayor regresaría en cualquier momento, pues era víspera de Reyes, y yo tendría que recoger mis pedazos y actuar como si no hubiera pasado nada. Ese es el gran talento que desarrollamos los padres que deseamos que nuestros hijos crezcan en un ambiente familiar saludable. Dejamos las emociones a un lado, disimulamos y esperamos a que todos duerman para entonces darnos tiempo y espacio a sentir y ventilar. No sé cómo no lo vi venir, pensaba en el silencio de la noche. Inmediatamente comencé a atar los cabos. Llevábamos varios días durmiendo en camas separadas por distintas razones… o excusas. En los últimos meses siempre llegaba del trabajo más tarde, estaba distante, siempre en su teléfono celular o durmiendo. No faltaban los compromisos o actividades de trabajo, las excusas para salir a beber con el que lo invitara, las distracciones, los nuevos “hobbies” y entonces concluí que estábamos actuando como “roomates” por mucho tiempo. Yo había notado todo esto pero no me quejaba pues desde el 2018 que dejé de trabajar él es el único que provee económicamente. Estábamos en medio de una crisis de salud así que no habían clases presenciales. Yo no hacía nada más que estar aquí en la casa 24/7 con las nenas siendo mamá lactante, maestra part-time con la mayor y bregando con todas las tareas de la casa y las 4 mascotas. Para la hora que él llegaba ya yo estaba drenada, quizás de mal humor, quizás molesta por la situación y por la falta de tiempo para dedicarme a mi misma. Lo próximo que pensé fue que seguramente había otra persona en su vida.

En medio de la desesperación busqué ayuda porque a diferencia de otras ocasiones supe que tenía que mantener mi salud emocional. Fui al psiquiatra y comencé terapias con una psicóloga pues tenía que prepararme para lo que fuera que viniera. No era una opción recaer en la depresión y la ansiedad que me llevó a dejar mi trabajo y a poner en pausa muchos planes que tenía en el 2018. No iba a permitirme repetir los mismos errores que cometí en el pasado, cuando nunca busqué ayuda para manejar emociones y situaciones difíciles. Tampoco era una opción lastimar a mis hijas, especialmente a la mayor mientras afrontaba este proceso doloroso.

Las cosas tomaron un giro distinto luego de varias conversaciones, varias sesiones de terapia individuales, una sesión en pareja y unos encuentros íntimos. Entonces la nueva palabra que describía sus sentimientos era confusión. Pasé gran parte del 2021 en eso… tratando de entender, hasta que unos meses más tarde salió a relucir la parte de la historia que se había quedado sin contar. En efecto había una tercera persona entre nosotros. “¡Lo sabía!” Esta frase me la dije muchas veces. No sé lo que sucedió, tampoco sé si considerarlo como una infidelidad, pero algo era claro y es que él estaba conectando con otra persona. En su Whatsapp habían mensajes con una mujer de su pasado, algunos respondiendo a otros que ya no aparecían en la conversación. Al día siguiente le pregunté que por qué estaba borrando los mensajes que intercambiaba con esa persona a quien conoce desde la escuela superior. En ese momento tuvo que aceptar que lo había hecho y decía que no se sentía que era correcto. Inmediatamente le dije que si sentía de esa manera seguramente era porque había algo más que una amistad entre ellos. Después de una larga conversación de como 3 horas quedamos en que haríamos un “borrón y cuenta nueva”. Que íbamos a intentarlo de nuevo dejando atrás el pasado y comenzando de cero mirando hacia adelante. Acordamos muchas cosas. Se puede decir que desde ese momento recogí mis pedazos y retomé nuevas fuerzas.

Acepté que yo también fui responsable de crear una distancia entre nosotros. Las relaciones de pareja no evolucionan solas ni se sostienen únicamente con el sexo (el cual en algunos momentos ni siquiera ocurría). Necesitan conexión intima y emocional, dedicarse tiempo de calidad, disfrutar y a veces tener conversaciones incómodas. Por muchos años estuve cargando con traumas pasados que nunca sané, relaciones disfuncionales y patrones no saludables. Comenzamos la relación y seguramente no estaba lista para ella. Quedé embarazada unos pocos meses después de comenzar mi relación con él sin habernos dado la oportunidad de disfrutar y de conocernos mejor. Todo nos cayó encima de golpe y lo sabemos. Pero entre nosotros siempre ha existido una fuerza que nos atrae (nos conocemos desde la infancia y a través de los años la vida nos hacía coincidir) y apostamos a eso. Cuando me convertí en madre sufrí una depresión post-parto que nunca atendí, me descuidé a mí misma, dejé de atender mi salud padeciendo de una condición crónica de tiroides, me volví una persona que no tenía deseos de nada y que solo tenía miedos. Entendía que mis roles eran ser primeramente ser madre, farmacéutica/profesional y una proveedora. Me olvidé de que también era una mujer, me olvidé de quién era. Muchas veces él me decía que no se sentía deseado ni amado porque nuestra relación carecía de esa chispa. Yo me sentía más o menos igual porque desde mi punto de vista él no estaba presente, me ayudaba muy poco, tenía su trabajo a tiempo completo y además trabajaba en la música, cada cierto tiempo tenía un nuevo “hobby” y todo esto lo mantenía ocupado y al margen de nosotras. A través de los años llegamos a tocar el tema de la separación pero nunca lo hicimos. Tampoco hicimos mucho para resolver las diferencias. Ahora veo las cosas más claras y duele hacer todo este recuento porque sé que por mucho tiempo nos lastimamos. A veces me pregunto si después de todo es posible reparar, reconstruir y escribir un nuevo libro.

Nada es perfecto y aunque tuve un año lleno de acontecimientos buenos y malos me siento agradecida. Aunque las historias de otras personas hagan que se despierten ciertas inseguridades tengo que decir que este año 2021 me ayudó a crecer. Mi enfoque es cambiar la narrativa y buscar mi propia felicidad, dando pasos pequeños pero dándolos. Para eso continúo viendo a mi psicóloga una vez al mes sin falta y estoy trabajando con las herramientas que me ha dado. Estoy más receptiva a tratar cosas nuevas, a disfrutar de los momentos y a preocuparme un poco menos, a disfrutar de mi sexualidad como solía hacerlo cuando estaba en la universidad (a pesar de las inseguridades que tengo sobre mi cuerpo). Estoy trabajando en mí y eso es un gran motivo para estar agradecida y comenzar este año con el pie derecho .

Incertidumbre

El aprendizaje es un proceso doloroso. Así como cuando comenzamos a caminar o a montar bici y tantas veces nos caemos. Cuando la vida nos sorprende y nos toca desaprender para empezar de nuevo. Aceptar que estábamos equivocados o que cometimos un error, aceptar que estábamos en lo correcto cuando tuvimos una corazonada. Todo aquello que cambia nuestra percepción de algo nos mueve el piso, nos sacude con fuerza. Pero, soy de las que pienso que duele más la incertidumbre…

La pregunta constante sobre la mesa

La duda insidiosa que va carcomiendo los pensamientos

Que va aflorando toda clase de inseguridades

Duele la falta de confianza en los demás y en uno mismo

Tener que silenciar las expectativas

Las ansias mientras se espera

Las respuestas incompletas

El silencio y la mirada perdida

La esperanza que se quiebra como la paciencia

El tiempo detenido en eternidades de posibilidad

Duelen las noches en vela

Los sueños trastocados

El futuro que no quiere conjugarse

La penumbra

La tormenta

La presencia constante del miedo

Agobiante tortura

Duele más el enigma de lo incierto.

¿Quién Soy?

Una pregunta bastante compleja… ¿No les parece?

Puedo comenzar diciendo que soy una mujer de 37 años, que nací y vivo en Puerto Rico, que estudié un doctorado en Farmacia (PharmD) y aunque actualmente no practico la profesión a raíz de algunos acontecimientos personales pienso regresar en algún momento a la carga laboral. Puedo añadir que me convertí en madre de una niña a los 27 años y que tuve mi segunda hija a los 36 (casi una década después). Aunque nunca me he casado llevo 11 años conviviendo con el padre de mis hijas, con quien también comparto la custodia de tres perras y una gata. Quizás todo esto que les he dicho lo pudiera saber cualquier persona que me siga en las redes sociales o cualquiera que haya compartido conmigo aunque fuera una sola vez. Entonces, ¿Quién soy?

Soy una ecuación:

La suma de dos cuerpos

El producto de la división de millones de células

El resultado de una gestación a término

Un universo de impulsos eléctricos

Soy un cuerpo cambiante

Archipiélago

Cíclica

Humana

Soñadora

Escorpiona

Palabra y casi siempre verbo

Una obra en constante reconstrucción

El reflejo que se proyecta en el espejo

Un cúmulo de procesos

Soy unos pechos que alimentan

Soy oído y paño de lágrimas

Compendio de muchas experiencias

Las cicatrices que han formado mi esencia

Una niña que nunca deja de aprender

Vulnerable

Imperfecta

Paz y tormenta

Soy tantas cosas que voy descubriendo a diario

Mientras me voy reconociendo

Mientras me voy aceptando

Mientras me voy perdonando y amando…